Contralugar

El mortuorio yace en el rincón más remoto del hospital. Es un edificio bajo, discreto, aislado del resto del complejo. Una puerta siempre abierta, de cristales opacos, es su única entrada. Nada más atravesar el umbral, algunas máquinas de refrescos, alineadas contra una pared, saludan al visitante como sepultureros dementes.

Se trata, con mucho, del lugar más infeliz que haya visitado nunca. Pero atribuirle un adjetivo tan jugoso y cargado de emociones es darle excesivas pinceladas de vida a un cuadro aciago y frío. Un cementerio, en comparación, parece hasta alegre, con sus notas de color, los caminos de grava, la solemnidad de lápidas y epitafios, el silencio cargado de viento, pájaros y cipreses.

Lo que no puedo quitar de mi mente es el pasillo. Construido a finales de los años sesenta, tiene paredes y suelos de cerámica verdosa, bañada en la escasa luz grisácea que proviene de ventanales largos y estrechos. Los vidrios amarillentos dan al aire una cualidad viscosa y nauseabunda. Es como nadar en la clara de un huevo podrido.

La sillas son esqueletos de metal cromado y piel forrada de espuma. Esperan inertes delante de cabinas de un color indefinible, una clase de ocre hediondo o arena marchita. Y las cabinas tienen ventanas, también opacas. Sí, ventanas: como si los ocupantes fuesen a necesitarlas. Una broma macabra. No hay otra decoración, ni siquiera un cartel. Nada.

Me bastó medio minuto para sentir cómo aquel lugar sin aire y sin tiempo succionaba toda emoción. Su indiferencia, su vigilancia aséptica: el mortuorio era una oficina del no-ser. Eso fue lo que más me dolió. La muerte, con pompa o sencillez, se digiere mejor. Pero allí, burocratizada, asimilada a un trámite administrativo, sólo podía asquear.

Vuelva usted mañana. Muera usted mañana.